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“Orígenes Butoh: ¿Amor líquido o amor sólido?” de Gustavo Collini Sartor. (Mis impresiones)

En el marco del ciclo ‘Tardes de Butoh en el jardín’, que se organiza en el museo Larreta de Buenos Aires, se presentó el viernes 9 de diciembre de 2016 “Orígenes Butoh: ¿Amor líquido o amor sólido?” bajo la dirección de Gustavo Collini Sartor, uno de los alumnos latinoamericanos más reconocidos de los maestros Kazuo Ohno y Yoshito Ohno.

Aprovechando mi viaje a Buenos Aires quise entrar nuevamente en contacto con la historia viva de quien considero la fuente de mi trabajo en el Butoh, Kazuo Ohno y Yoshito Ohno, y Gustavo Collini es parte carnal de esa historia.

Independientemente de buscar entrevistarme con él y tratar de obtener su importante libro, “Kazuo Ohno, el último emperador de la danza”, -asuntos que abordaré en otras entradas de mi Blog-, no quería dejar pasar esta oportunidad de ver su trabajo sobre la escena. Años atrás Yoshito Ohno me había comentado sobre Gustavo Collini como alumno de su padre y suyo y como creador del Tango Butoh, así que tenía ciertas expectativas sobre su trabajo y no creo haber sido decepcionado.

El montaje, si soy honesto, fue un tanto complicado de disfrutar, especialmente porque formaba parte de una reunión de otros trabajos que Collini ha estado haciendo en los últimos meses y, aunque buscaba tener una unidad, era algo más parecido a un enorme y largo collage con grandes altibajos de estilo y calidad artística, donde se conjuntaba actuación teatral tradicional, poesía, danza, música, canto y por supuesto Butoh, y en donde abundaban referencias directas a obras famosas (entre ellas, de Pina Bausch, Kazuo Ohno y una bailarina argentina). De alguna manera debo agradecer que el trabajo de Butoh era bastante amplio e interesante, así que con un poco de discernimiento como espectador puedo separarlo de todo el conjunto del montaje completo.

Antes de ver en escena el trabajo de Butoh de Gustavo Collini uno de sus alumnos nos introdujo en la estética del Butoh, (el montaje parece que era una especie de trabajo final de una residencia dirigida por Collini con varios artistas jóvenes, además de una conjunción con artistas de varias disciplinas), y debo decir que, aunque aislado de la dramatización que se pretendía a su alrededor, el muchacho butohka estaba profundamente dentro de sus imágenes interiores y con un cuerpo que respondía a sus impulsos sin pretensiones, su trabajo era disfrutable y atrayente.

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Después de varios minutos de otras escenas con actuación, cantos y danza, el performance de Butoh de Collini salió a escena. Había dentro de la trama, y si entiendo bien, una invitación a usar el Butoh como un medio de encuentro consigo mismo, con el amor perdido o una invitación a reencontrarlo, a reencontrarse con la fuente de uno mismo. Entonces vimos aparecer a una imagen que ilustraba unas palabras de Kazuo Ohno sobre la flor que surge de la boca, -literalmente Collini llevaba una flor en la boca-, y que después luchaba con una serie de sogas que venían atadas de un árbol.

Los siguientes encuentros con el Butoh de Collini, fueron un homenaje, remembranza o, como yo le llamo, una invocación de su maestro y mayor influencia, Kazuo Ohno, prácticamente repitiendo ( cambiaré este concepto más adelante) las coreografías de algunas de sus más famosas obras. Los que estén familiarizados con el trabajo de Kazuo Ohno las reconocerán de inmediato.

Lo que me hace pensar en una “invocación” es precisamente que no era solo una repetición o una imitación, sino que era una manera de conmemorar a su maestro invocando su presencia en su propio cuerpo y movimiento. A diferencia de otros performers que he visto invocar a Kazuo Ohno, (se que Takao Kawaguchi ha realizado una imitación completa de las coreografías de Ohno, pero no he tenido la oportunidad de verlo), la mayoría buscan un posición de esencia creativa, alguna postura clave acaso, alguna imagen de invocación misma, pero Collini parecía realizar la misma coreografía tratando de seguir los mismos impulsos que su maestro tuvo para realizarla: memoria, amor, y encuentro.

Debo aceptar que en un principio me parecía curioso y hasta extraño ese tipo de performance invocativo, pero al pasar de sus movimientos, su encuentro con la música, el ritmo, la sutileza de esas manos que inevitablemente me recordaban el mejor Ohno, no pude más que rendirme a lo que veía enfrente, dejar de lado todo lo que había rechazado del montaje y disfrutar sin más del encuentro de un artista de Butoh ligado completamente a su maestro a través del amor, la sabiduría, y la admiración total.

Recordé que mi primer trabajo de Butoh, Las cenizas del maestro, fue un homenaje a mi maestro de arte y teatro, Antonio González Caballero, pero él no era un performer, sino un teórico, un escritor, un poeta, un hombre que se había sido mi maestro a través de la palabra; si él hubiera sido mi maestro a través de su obra performativa, seguramente hubiera tenido que tomar el camino de la invocación activa de esa misma obra, exactamente como lo hizo Collini con su maestro. Justifico totalmente ese acto de amor creativo hacia el maestro a través de la invocación en su cuerpo mismo.

Lo curioso, y viendo a tanta gente joven o mayores que desconocen la historia del Butoh, es que esos movimientos, esa profundidad no llega a ellos por primera vez a través de Kazuo Ohno sino a través de Gustavo Collini. Esos movimientos originados en el movimiento de Kazuo Ohno serán recordados como si fueran originados por Gustavo Collini para ellos. También para eso se necesita un gran valor, y si se es consciente del acto, un enorme respeto. El mejor homenaje es la continuación del trabajo de quien se homenajea; ¿cómo entonces hay que homenajear a un maestro performativo si no es llevando a escena aquello que está ya en nosotros de él?

Pude tomar, además de las fotografías que ya han visto, algunos videos del trabajo de Collini de esa noche, videos que no ofrecen la experiencia viva completa claro está, pero que ilustran algo de lo acontecido.

 

Si no hubiera tenido la oportunidad de hablar con Gustavo Collini días más tarde no me hubiera sentido que fui en vano a Buenos Aires, la experiencia de verlo en escena haciendo Butoh me enseñó mucho más de lo que yo esperaba, y me ha dado material para mi trabajo personal a través del Butoh. En esa plática posterior él aceptaba no estar muy a gusto con lo que hizo en escena esa noche, en cambio yo estoy contento y satisfecho con lo que vi.

Va, como siempre que se aprecia un trabajo que da y que trae historia profunda en sí mismo, un agradecimiento por el simple hecho de realizarse y compartirse.

(Texto, fotografías y video por Gustavo Thomas © 2016)

Butoh ¿danza o teatro?

(Este texto fue inicialmente publicado en 2013)

Cuando me enfrento a una posible presentación de mi Butoh, cuando la experiencia del Butoh la debo convertir inevitablemente en un arte escénico los demás me obligan a pensar en ciertos tópicos un tanto complicados para un practicante que no es teórico: ¿Qué es el Butoh? ¿Danza o Teatro o Danza-Teatro?
En español (que es mi lengua materna) y en occidente, con nuestro afán de definir las cosas ligadas a otras disciplinas, insistimos en agregar las palabras danza y teatro a la palabra Butoh. Mucho de esta confusión tiene que ver que el nacimiento del Butoh se dio en el mundo de la danza occidental en Japón -tanto Tatsumi Hijikata como Kazuo Ohno, creadores del Butoh, fueron educados inicialmente con la tradición de la danza expresionista alemana-, de eso no hay duda, y, que al no ser evidentemente una danzacomo la reconocemos en occidente le agregamos la palabra teatro para definir que se realiza sobre un escenario y usa una gran cantidad de nuestros referentes de la teatralidad: maquillaje, vestuario, escenografía, luces, transformaciones físicas y gestuales, etc.
Con el tiempo esta disciplina artística ha perdido la otra palabra con la que Tatsumi Hijikata en el inicio la singularizaba y le daba su separación de las “otras danzas”, Ankoku 暗黒, oscuridad -o espiritualidad como lo define personalmente Natsu Nakajima-. La palabra japonesa para Butoh 舞踏 incluye el caracter para danza 舞. Así, en japonés, es 暗黒舞踏, Ankoku Butoh o Danza de la oscuridad (o si se prefiere Danza de la espiritualidad).
Lo que me impresionó al ver por primera vez una función de Butoh (a Kazuo Ohno en el homenaje a su madre durante un festival cervantino en México) fue, no que vi a un bailarín pero a un hombre que a través del movimiento de su cuerpo, me movió y tocó hasta la fascinación, al grado que no lo olvidé en 20 años que tardé en tomar mi primera sesión de Butoh, buscando aquello que él me ofreció con su trabajo aquél día y que permanecía fresco y poderoso en mi interior. Nunca pensé, insisto en decirlo, ni he pensado en él como un bailarín ni como un actor.
Aún cuando Kazuo Ohno no acostumbraba usar la palabra Ankoku al referirse al Butoh, estoy seguro que lo que vi aquél día fue ese mundo espiritual que la palabra Ankoku significa, yo vi 暗黒舞踏 Ankoku Butoh en él.
Hurgando en la historia de esta disciplina descubrí que en una crisis personal, y cuando otros están a una edad que simplemente se retiran de la danza, Kazuo Ohno dejó de presentarse públicamente por casi 10 años para entender y explorar lo que para él era el Butoh, buscando limpiarse de todo aquello que lo había caracterizado como bailarín de danza moderna en el pasado. Prácticamente durante toda la década de los 60s Kazuo Ohno trabajó al lado de Tatsumi Hijikata en la versión que éste último tenía del Ankoku Butoh, muy ligado al mundo de la vanguardia japonesa que lo catalogaba entre el happening y la danza, entre el escándalo y la revolución; la diferencia de personalidades y razones de hacer arte los llevó a su inevitable separación. Algunos críticos mencionan que fue la diferencia entre el Ankoku-oscuridad de Hijikata y el Cristianismo-Luz de Kazuo Ohno (Kazuo profesaba abiertamente el cristianismo).
Kazuo Ohno volvió a la escena (dirigido por Hijkata) a mitad de los años 70s y se volvió inmensamente famoso trabajando en los escenarios durante 30 años más, mientras Hijikata se recluyó en su estudió y murió a una relativa temprana edad (a los 58 años, en 1986), dejando decenas de alumnos que ofrecieron su propia versión del Butoh que éste les había transmitido.
Antes de su muerte la exploración de Hijikata estuvo encaminada a la creación de un nuevo arte escénico codificado que según él podría crear toda una tradición formal con raíces japonesas milenarias y contemporáneas. Para bien o para mal, no lo completó (según algunos investigadores solo completó 1200 movimientos-imágenes entre 1972 y 1976 y que no trabajó más), y el Butoh que desciende de él es por consecuencia una gama impresionante de posibilidades abiertas dependiendo de quién lo trabaje y transmita.
Kazuo Ohno, sin ser un teórico como Hijikata, siguió transmitiendo su experiencia espiritual hasta su muerte (a los 104 años, en 2010) con posibilidades aún más abiertas que las del mismo Hijikata, dejando a su hijo, Yoshito Ohno, como heredero de su trabajo y transmisor vivo de su propia experiencia. Yoshito Ohno, quien trabajó de adolescente en el grupo de Hijikata y de adulto al lado de su padre, es un conocedor vivo de la historia del Butoh y un butohka activo a sus 79 años; él transmite el Butoh a quien se acerque a su estudio sin reparo en la cultura anterior de quien está interesado, no importando si es bailarín, actor o persona fuera del arte escénico; en el espacio estudian Butoh jardineros, maestros de idiomas, bailarines, actores, coreógrafos, directores, fotógrafos, cantantes, ingenieros, etc.
La experiencia de Kazuo Ohno ha sido preponderante para mi exploración dentro del Butoh, y he ido a Japón en busca de sus enseñanzas a través de su hijo Yoshito; ellos son mis maestros y mi mayor influencia.
Posiblemente, y salvando las comparaciones absurdas, yo, como Kazuo Ohno, también esté en una crisis de limpieza y descubrimiento de mi propio Butoh, limpiándome a mi mediana edad de mi propia teatralidad y de mis propias tradiciones escénicas.
Tengo ahora la certeza de que no necesito ser un bailarín para hacer Butoh ni haber tomado clases de danza para poder mover mi cuerpo. De la misma manera que no creo que se necesite haber estudiado como actor o saber de teatro para hacer Butoh ante un grupo de espectadores o descubrir y exponer nuestras historias interiores en un escenario.
Creo fervientemente que puedo llegar al Butoh a través del Butoh mismo, a través de mi de mi propia espiritualidad, de mi propia oscuridad y de mi propia luz, sin la danza y sin el teatro arrastrando sus tradiciones con él. Cuando lo pienso así, descanso, y entonces soy más libre; no pienso en bailar ni en actuar, y ni siquiera pienso en la necesidad de estar en un escenario para presentarlo.
Pero cuando debo hacerlo, entrar a un escenario y hablar en términos técnicos y exponer las conceptos para que los demás los entiendan, debo entrar en una especie de engaño conmigo mismo y los demás, y usar términos teatrales o dancísticos, pero no sufro ni entro en conflicto, lo dejo ir, es efímero y simple, y ellos se calman, trabajan conmigo y no cuestionan más.
¿Qué es el Butoh entonces? ¿Danza o teatro o Danza-Teatro? Es evidente que no lo sé, pero también que no me interesa. Tú haz tus propias conclusiones. Yo le llamaré simplemente Butoh.