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Situándonos entre las alturas del cielo y las bajezas de la tierra. (Bitácora de trabajo)

 

Kazuo Ohno: “Yo me situaba entre las alturas del cielo y la bajeza de la tierra; estaba temblando, se elevaban lentamente los dedos del pie; el dedo gordo, como un núcleo, explotaba los dos mundos, el real y el ideal. Es una postura rodeada por los brazos de la naturaleza; el paso de la vida envuelta en una túnica blanca que se traslada, los pies juntos, era una eternidad con mezcla de placer y dolor.” *

Podría decir que somos un punto medio entre el cielo y la tierra, pero desde que empecé a tener conciencia de mi cuerpo escénico percibo que somos un conflicto entre esas dos fuerzas, entre esos dos mundos, entre esas dos realidades. Nada de equilibrio perfecto en eso.

Soy peso y concreción, y soy ligereza y vuelo, el equilibrio de mi cuerpo es eternamente precario. Así camino y me desplazo, y cuando creo dejarme ir completamente por las fuerzas terrestres de la noche, me aligero hasta percibir la luna de mis sueños. Me duele la espalda y la cintura, las corvas de la rodillas, el cuello y los arcos de los pies. Si respiro, puedo engañarme con la imagen de lo etéreo, y soy feliz mientras no temo nuevamente caer.

Probablemente este dolor del que habla Kazuo y que lo deja en tensión entre la tierra y el cielo es el mismo conflicto “que hace la danza” al que se refiere Didi-Huberman al analizar el baile de Israel Galván:

“ce que c’est que danser : faire de son corps une forme déduite, fût-elle immobile, de forces multiples. Montrer qu’un geste n’est pas la simple résultante d’un mouvement musculaire et d’une intention directionnelle, mais quelque chose de bien plus subtil et dialectique : la rencontre, au moins, de deux mouvements affrontés –ceux, dans notre cas, du corps et du milieu aérien –produisant, au point même de leur équilibre, une zone d’arrêt, d’immobilité, de syncope. Une sorte de silence du geste.” *

Kazuo Ohno, el maestro escénico, me propuso hoy explorar nuevamente ese eterno conflicto, origen del sentido trágico de mi humanidad. No, no caí, luché permaneciendo de pie y mis pasos terminaron rompiendo el suelo como un bailaor flamenco. Tal vez por eso la fascinación que Kazuo Ohno tenía por el baile de La Argentina…

Fatigado de la lucha me senté y escribí estas notas.

 

 

*(Extractos de la autobiografía de Kazuo Ohno en “Kazuo Ohno, el último emperador de la danza” de Gustavo Collini.)
*Didi-Huberman, Le danseur de solitudes.
Fotografía: Kazuo Ohno, Admirando a La Argentina, 1977.
(Estos textos son parte de mi bitácora de trabajo de entrenamiento diario. En mi estudio los escribo a partir de lo que leo, recuerdo y exploro; en donde la filosofía de la vida y la práctica del arte me mantienen a flote en el proceso de creación de una personal concepción práctica del Butoh.)
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El sueño de ser la mesa de aquél que no ha nacido aún.

“Ozen, una mesa

Una pequeña mesa laqueada en rojo para un bebé en su primer cumpleaños.
Una mesa lujosa para una boda.
Una mesa solitaria, preparada por la familia para un soldado en el frente.
Una mesa ofrecida a los ancestros muertos.
Una mesa es un mundo invisible.
Una pequeña tabla de union con el otro mundo.
¿Cómo sería la mesa para un embrión en el vientre de su madre?
Fue un sueño por un largo tiempo tiempo convertirme en una mesa de un bebé que no ha nacido.”

(Autobiografía de Kazuo Ohno. Gustavo Collini, “Kazuo Ohno, el último emperador de la danza.”)

Tal vez este sea mi último entrenamiento del año, no lo sé.

Una improvisación… :

La mesa de mi niñez.
La mesa de nuestra cocina.

La mesa con patas de metal,
tabla de madera y laca.

La mesa con comida, con sopa, con agua, con ollas calientes.
La mesa de los olores y los sabores.
La mesa del juego.
La mesa del frio y el atole caliente, del café y el chocolate.
La de las patas que trato de tomar entre los dedos de mis pies sudados,
que trato de hacerla mía.

La mesa de los platos que vibran cuando tiembla a la hora de comer. La que da miedo ver un terremoto desde ahí.

La mesa de los escurrimientos,
de los llantos de impotencia,
de los manotazos de furia.

La mesa que mira la espalda de la madre y del padre cuando cocinan.
La mesa de las malas noticias.
La mesa del hundimiento por el temor a mi muerte.

La mesa de la excitación adolescente.
La mesa del primer amor que llevo a escondidas
y deposito en ella como tesoro vivo y que respira.
La mesa de sus enfiebrados olores de menstruación,
y nuestros coitos libres y blasfemos.

La mesa del pasado y del olvido.

La mesa puerta de nuestra memoria.
¡La mesa vacío!

La mesa que me vio mamar de mi nodriza.
La “señora güera” que también fue un poco mi madre y mi mesa.

La mesa del mantel roto y esa laca que caía antes de morir en la basura.

La mesa que ya está aquí en mis huesos.
La mesa que no quiere bailar,
que solo quiere andar conmigo y usa mis viejas patas de metal.

 

(Butoh training 2016-12-22. Gustavo Thomas © 2016)