El sueño de ser la mesa de aquél que no ha nacido aún.

“Ozen, una mesa

Una pequeña mesa laqueada en rojo para un bebé en su primer cumpleaños.
Una mesa lujosa para una boda.
Una mesa solitaria, preparada por la familia para un soldado en el frente.
Una mesa ofrecida a los ancestros muertos.
Una mesa es un mundo invisible.
Una pequeña tabla de union con el otro mundo.
¿Cómo sería la mesa para un embrión en el vientre de su madre?
Fue un sueño por un largo tiempo tiempo convertirme en una mesa de un bebé que no ha nacido.”

(Autobiografía de Kazuo Ohno. Gustavo Collini, “Kazuo Ohno, el último emperador de la danza.”)

Tal vez este sea mi último entrenamiento del año, no lo sé.

Una improvisación… :

La mesa de mi niñez.
La mesa de nuestra cocina.

La mesa con patas de metal,
tabla de madera y laca.

La mesa con comida, con sopa, con agua, con ollas calientes.
La mesa de los olores y los sabores.
La mesa del juego.
La mesa del frio y el atole caliente, del café y el chocolate.
La de las patas que trato de tomar entre los dedos de mis pies sudados,
que trato de hacerla mía.

La mesa de los platos que vibran cuando tiembla a la hora de comer. La que da miedo ver un terremoto desde ahí.

La mesa de los escurrimientos,
de los llantos de impotencia,
de los manotazos de furia.

La mesa que mira la espalda de la madre y del padre cuando cocinan.
La mesa de las malas noticias.
La mesa del hundimiento por el temor a mi muerte.

La mesa de la excitación adolescente.
La mesa del primer amor que llevo a escondidas
y deposito en ella como tesoro vivo y que respira.
La mesa de sus enfiebrados olores de menstruación,
y nuestros coitos libres y blasfemos.

La mesa del pasado y del olvido.

La mesa puerta de nuestra memoria.
¡La mesa vacío!

La mesa que me vio mamar de mi nodriza.
La “señora güera” que también fue un poco mi madre y mi mesa.

La mesa del mantel roto y esa laca que caía antes de morir en la basura.

La mesa que ya está aquí en mis huesos.
La mesa que no quiere bailar,
que solo quiere andar conmigo y usa mis viejas patas de metal.

 

(Butoh training 2016-12-22. Gustavo Thomas © 2016)

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“Orígenes Butoh: ¿Amor líquido o amor sólido?” de Gustavo Collini Sartor. (Mis impresiones)

En el marco del ciclo ‘Tardes de Butoh en el jardín’, que se organiza en el museo Larreta de Buenos Aires, se presentó el viernes 9 de diciembre de 2016 “Orígenes Butoh: ¿Amor líquido o amor sólido?” bajo la dirección de Gustavo Collini Sartor, uno de los alumnos latinoamericanos más reconocidos de los maestros Kazuo Ohno y Yoshito Ohno.

Aprovechando mi viaje a Buenos Aires quise entrar nuevamente en contacto con la historia viva de quien considero la fuente de mi trabajo en el Butoh, Kazuo Ohno y Yoshito Ohno, y Gustavo Collini es parte carnal de esa historia.

Independientemente de buscar entrevistarme con él y tratar de obtener su importante libro, “Kazuo Ohno, el último emperador de la danza”, -asuntos que abordaré en otras entradas de mi Blog-, no quería dejar pasar esta oportunidad de ver su trabajo sobre la escena. Años atrás Yoshito Ohno me había comentado sobre Gustavo Collini como alumno de su padre y suyo y como creador del Tango Butoh, así que tenía ciertas expectativas sobre su trabajo y no creo haber sido decepcionado.

El montaje, si soy honesto, fue un tanto complicado de disfrutar, especialmente porque formaba parte de una reunión de otros trabajos que Collini ha estado haciendo en los últimos meses y, aunque buscaba tener una unidad, era algo más parecido a un enorme y largo collage con grandes altibajos de estilo y calidad artística, donde se conjuntaba actuación teatral tradicional, poesía, danza, música, canto y por supuesto Butoh, y en donde abundaban referencias directas a obras famosas (entre ellas, de Pina Bausch, Kazuo Ohno y una bailarina argentina). De alguna manera debo agradecer que el trabajo de Butoh era bastante amplio e interesante, así que con un poco de discernimiento como espectador puedo separarlo de todo el conjunto del montaje completo.

Antes de ver en escena el trabajo de Butoh de Gustavo Collini uno de sus alumnos nos introdujo en la estética del Butoh, (el montaje parece que era una especie de trabajo final de una residencia dirigida por Collini con varios artistas jóvenes, además de una conjunción con artistas de varias disciplinas), y debo decir que, aunque aislado de la dramatización que se pretendía a su alrededor, el muchacho butohka estaba profundamente dentro de sus imágenes interiores y con un cuerpo que respondía a sus impulsos sin pretensiones, su trabajo era disfrutable y atrayente.

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Después de varios minutos de otras escenas con actuación, cantos y danza, el performance de Butoh de Collini salió a escena. Había dentro de la trama, y si entiendo bien, una invitación a usar el Butoh como un medio de encuentro consigo mismo, con el amor perdido o una invitación a reencontrarlo, a reencontrarse con la fuente de uno mismo. Entonces vimos aparecer a una imagen que ilustraba unas palabras de Kazuo Ohno sobre la flor que surge de la boca, -literalmente Collini llevaba una flor en la boca-, y que después luchaba con una serie de sogas que venían atadas de un árbol.

Los siguientes encuentros con el Butoh de Collini, fueron un homenaje, remembranza o, como yo le llamo, una invocación de su maestro y mayor influencia, Kazuo Ohno, prácticamente repitiendo ( cambiaré este concepto más adelante) las coreografías de algunas de sus más famosas obras. Los que estén familiarizados con el trabajo de Kazuo Ohno las reconocerán de inmediato.

Lo que me hace pensar en una “invocación” es precisamente que no era solo una repetición o una imitación, sino que era una manera de conmemorar a su maestro invocando su presencia en su propio cuerpo y movimiento. A diferencia de otros performers que he visto invocar a Kazuo Ohno, (se que Takao Kawaguchi ha realizado una imitación completa de las coreografías de Ohno, pero no he tenido la oportunidad de verlo), la mayoría buscan un posición de esencia creativa, alguna postura clave acaso, alguna imagen de invocación misma, pero Collini parecía realizar la misma coreografía tratando de seguir los mismos impulsos que su maestro tuvo para realizarla: memoria, amor, y encuentro.

Debo aceptar que en un principio me parecía curioso y hasta extraño ese tipo de performance invocativo, pero al pasar de sus movimientos, su encuentro con la música, el ritmo, la sutileza de esas manos que inevitablemente me recordaban el mejor Ohno, no pude más que rendirme a lo que veía enfrente, dejar de lado todo lo que había rechazado del montaje y disfrutar sin más del encuentro de un artista de Butoh ligado completamente a su maestro a través del amor, la sabiduría, y la admiración total.

Recordé que mi primer trabajo de Butoh, Las cenizas del maestro, fue un homenaje a mi maestro de arte y teatro, Antonio González Caballero, pero él no era un performer, sino un teórico, un escritor, un poeta, un hombre que se había sido mi maestro a través de la palabra; si él hubiera sido mi maestro a través de su obra performativa, seguramente hubiera tenido que tomar el camino de la invocación activa de esa misma obra, exactamente como lo hizo Collini con su maestro. Justifico totalmente ese acto de amor creativo hacia el maestro a través de la invocación en su cuerpo mismo.

Lo curioso, y viendo a tanta gente joven o mayores que desconocen la historia del Butoh, es que esos movimientos, esa profundidad no llega a ellos por primera vez a través de Kazuo Ohno sino a través de Gustavo Collini. Esos movimientos originados en el movimiento de Kazuo Ohno serán recordados como si fueran originados por Gustavo Collini para ellos. También para eso se necesita un gran valor, y si se es consciente del acto, un enorme respeto. El mejor homenaje es la continuación del trabajo de quien se homenajea; ¿cómo entonces hay que homenajear a un maestro performativo si no es llevando a escena aquello que está ya en nosotros de él?

Pude tomar, además de las fotografías que ya han visto, algunos videos del trabajo de Collini de esa noche, videos que no ofrecen la experiencia viva completa claro está, pero que ilustran algo de lo acontecido.

 

Si no hubiera tenido la oportunidad de hablar con Gustavo Collini días más tarde no me hubiera sentido que fui en vano a Buenos Aires, la experiencia de verlo en escena haciendo Butoh me enseñó mucho más de lo que yo esperaba, y me ha dado material para mi trabajo personal a través del Butoh. En esa plática posterior él aceptaba no estar muy a gusto con lo que hizo en escena esa noche, en cambio yo estoy contento y satisfecho con lo que vi.

Va, como siempre que se aprecia un trabajo que da y que trae historia profunda en sí mismo, un agradecimiento por el simple hecho de realizarse y compartirse.

(Texto, fotografías y video por Gustavo Thomas © 2016)